Todo vendido.
# 12 Mientras estamos soñando, no nos damos cuenta de que estamos dentro de un sueño.
Esta mañana en la ducha pensaba en lo importante que es aprender a no tener miedo a morirse.
Nacemos sin saber que estamos vivos. Eso lo descubrimos después. Y van pasando años sin que seamos conscientes de que estar vivos no es “lo normal”, sino una inverosímil excepcionalidad.
Entonces, un día, nos damos cuenta de que la muerte existe. Con suerte y un poquito de buena crianza, esa crisis llegará en el momento adecuado, ni demasiado pronto, ni demasiado tarde.
Pero nuestro joven cuerpo, lleno de una vitalidad, de una salud y de una belleza envidiada por cualquiera que nos saque algunas décadas, se siente indestructible. Y así tiene que ser. Toda sociedad se ha apoyado siempre en un puñado de jóvenes que se sienten indestructibles para que se aventuren en lo que nadie que haya terminado de cocerse se atrevería a aventurarse. Y los llamamos héroes.
Si creces lo suficiente, llega un punto en que el heroísmo pierde su atractivo. Eres más consciente de lo que vale la vida y no quieres perder la que te queda, sabiendo que cada día más es un día menos.
Aprender a morirse supone mirar la muerte de frente. Durante la mayor parte de la historia hemos vivido en un mundo en el que no nos quedaba más remedio que tenerla muy presente. Sin embargo, hemos creado un nuevo mundo en el que se vive mucho más y mejor, pero en el que la mayoría de las personas le dan la espalda a la muerte.
Y estamos empezando a darnos cuenta de nuestro error. Vivimos vidas más largas y seguras, con mejores condiciones materiales de las que disfrutaba cualquier rey de hace más de un siglo. La mayoría de nosotros vivimos mejor que la mayoría de los reyes de la historia que nos precede. Y no son pocos quienes sienten que su vida es una mierda. O, en todo caso, les costaría decir con honestidad que viven una buena vida, mientras son cada vez más conscientes de lo cerca que está la fecha de caducidad y sienten un mayor miedo a perder esa vida de mierda.
Pues sí, hay cosas que es importante aprender.
Hoy es el primer día desde que empecé con estas epístolas semanales en el que me retraso. Hasta la fecha, he publicado estos textos todos los jueves a las siete de la mañana. Hoy no.
Y, aprovechando que ya he vomitado un poquito de verdad, que es lo mejor que puedo ofrecer aquí, aunque sepa amarga, voy a dedicar la epístola de hoy a sacarme un poco las tripas.
Este principio de curso estoy teniendo mucho más trabajo del que venía siendo habitual para estas fechas. Normalmente, una vez pasaba la vorágine del comienzo del curso, venía una calma chicha mientras que los horarios disponibles en la Academia se iban terminando de llenar. Ese espacio podía suponer un pequeño descanso entre el principio del curso y el inicio de las clases en el Aula de la Experiencia. Pero este año he tenido que empezar a delimitar ya unos horarios no disponibles para clases para que me dé tiempo de llevar adelante el resto de gestiones que implica el negocio.
Las tardes las tengo llenas de lunes a viernes, aunque me he reservado las últimas horas del jueves para el Aula de la Experiencia (aunque puede que este año me quede sin dar clases) y no tener que perderme forzosamente todas las presentaciones de libros y actividades culturales que he tenido que sacrificar estos últimos años. Pero se me han empezado a llenar las mañanas con estudiantes que quieren preparar exámenes oficiales de inglés, pruebas de selectividad o asignaturas de grados universitarios. Y tengo pendiente reservar horas a estudiantes antiguos que me han avisado ya de que se querrían incorporar hacia finales de año.
¡Está genial! Esto es lo que llevo años luchando por conseguir, una situación en la que desde principios de curso tengamos que colgar el cartel de “no hay entradas” y que se tenga que gestionar con familias y estudiantes una lista de espera y reserva de plazas para poder administrar los servicios. Estamos llenos y, si por cualquier casualidad, como ha pasado esta semana, se queda una hora libre porque un estudiante elige sustituir una hora enfocada a humanidades por una dedicada a dibujo técnico debido a que se ha encontrado con que no va a tener un profesor en segundo de Bachillerato para preparar la selectividad, ya hay una persona esperando para ocuparla.
Y estoy agotadísimo. Llevo encadenando varias semanas de horarios apretados a la vez que quiero que todos los nuevos sistemas y procesos que este curso hemos planteado para la gestión del centro vayan ejecutándose bien. Y, para colmo, como cada trimestre, toca presentar impuestos.
Desde hace varios años, por haber ejercido como autónomo distintas actividades económicas con distintas características fiscales, tengo que llevar una contabilidad un poco más complicada de lo normal. Preparar cada trimestre la presentación de impuestos es un trabajo difícil en el que, además, se siente muy presente la amenaza del enorme riesgo que supondría cualquier error. Con ayuda de mi hermana Belén, que gestiona todo esto mucho mejor que yo, y preparó unas hojas de cálculo valiosísimas para poder hacer todo este trabajo un poquito más fácil, intentamos hacerlo lo mejor posible para evitar cualquier equivocación.
Este puente de la Hispanidad lo pasé en clausura y bastante desconectado del mundo. Llegué tarde a la publicación de El taller de Pigmalión, la gaceta de la Academia Socrática, que en vez del lunes, se envió ayer. Y desde el martes por la mañana, hasta esta mañana, no he parado.
Los jueves por la mañana son el momento de la semana que me reservo de descanso y para asuntos propios, porque sería inviable llevarse de lunes a viernes de nueve a nueve. Y después de un amanecer y un desayuno tranquilos, me he venido al despacho y no he parado de escribir.
Son muchas cosas las que están pasando. Vamos a empezar por la última.
Esta misma mañana he recibido un correo electrónico de tres estudiantes de pedagogía que están haciendo un trabajo sobre el coaching educativo y me han pedido colaborar. Esto no me lo esperaba, pero ha sido una de las sorpresas más gratas de la semana. La respuesta a su correo ha sido lo primero con lo que me he puesto.
Después he respondido a un correo de una persona con la que me he comprometido a escribirle una vez por semana. Hace unas semanas, me escribió un intenso mensaje en una desesperada llamada de auxilio. Estuvimos trabajando en un proceso de coaching personal hace unos años y, debido a que por sus circunstancias actuales no íbamos a poder mantener sesiones presenciales y que yo estaba ya bastante pillado de tiempo, le propuse que nos comprometiéramos a escribirnos un email cada semana. Y así llevamos un tiempo, ella me escribe a finales de semana y yo le respondo a principios o mediados de la siguiente.
Me gustaría compartir un pequeño fragmento de lo que le he escrito antes:
Respecto a lo que me pides, que te dé tiempo para hacer el plan. Como tú quieras. A mí en verdad me da igual. Yo ya tengo mis planes. Sí te diría, porque a lo mejor no cuentas con ello, que los planes no se hacen para cumplirlos. Puede que lo que te frene sea el miedo a hacer un plan y no cumplirlo, el miedo al fracaso. Es una tontería. Ten por seguro que fracasarás. Te lo repito, los planes no se hacen para cumplirlos. Pero, si no haces planes porque no eres capaz de asumir que no los vas a cumplir, no vas a descubrir nunca para qué se hacen de verdad los planes.
Ahora estoy escribiendo esto, a ver si soy capaz de dejar algo que me guste publicar antes de irme a comer.
Ayer, empezó a trabajar en Socrática un profe nuevo. Va a venir sólo un día a la semana. Es el que comentaba antes que iba a trabajar con estudiantes de Bachillerato para preparar dibujo técnico. Ayer dio sus primeras dos horas de clase. Antes de irse, ya le habían salido dos horas más y se le ha llenado prácticamente la tarde.
Como llegó temprano y tuvimos tiempo de hablar (aunque la tarde de ayer fue intensa en relación a cuestiones que había gestionar con algunas familias y estudiantes) me hizo algunos comentarios sobre el centro. Quedó muy impresionado por nuestras instalaciones y por lo que suponía el proyecto. Me dijo dos cosas que me llamaron un poco la atención. Al principio de la tarde, me dijo que lo que teníamos era como un sueño hecho realidad. Y es verdad.
Igual que no nos damos cuenta de que estamos dentro de un sueño mientras estamos soñando, sus palabras fueron como un pequeño despertar. La Academia Socrática es un pequeño gran sueño hecho realidad. Y estoy tan desbordado por todos los malabares que supone mantenerlo funcionando que no me reservo ni un momento para disfrutar la realidad que vivo a diario como si la viera desde fuera.
Yo sé perfectamente que la disfruto a diario desde dentro y cada vez soy más consciente de que tengo una vida privilegiada que ya quisieran disfrutar muchos. También sé que son pocos los que están dispuestos a pagar el precio que vale esta vida y eso me aporta cada vez más seguridad de lo difícil que va a ser que perdamos lo que ya tenemos.
Este nuevo profesor, al final de la tarde me hizo otro comentario que me dejó también pensando. Veía a los estudiantes entrar y salir en el cambio de hora y dijo: “Esto es como un pequeño colegio.” Sí, pero no. Otra persona hace mucho tiempo me hizo darme cuenta de otra cosa. Los niños salen de los colegios corriendo, deseando escapar. En la Academia Socrática la gran mayoría de los niños salen por la puerta tranquilos, como si este fuera un sitio al que quieren volver a venir.
Después de estos dos mensajes tan bonitos, vino mi hermana Belén a verme porque tenía algo importante que decirme. Hace poco tiempo ha empezado a trabajar en un sitio nuevo en el que yo ya sabía que iba a aprender un montón y crecer muchísimo más como profesional. Ayer pude comprobar que no me equivocaba en absoluto. Después de que quedáramos este lunes festivo para presentar sin agobios los impuestos, vino a decirme que acababa de descubrir que llevábamos varios años haciendo una cosa mal y que habíamos estado pagando un poco más de lo que era necesario.
Por menos oportuna que fuera la información, le agradecí que me lo hiciera saber y empezamos a plantear que para el trimestre que viene tendremos que cambiar esas hojas de cálculo que creó para no meter la pata con algo tan difícil como presentar los impuestos de un autónomo que tiene actividades que aplican y desgravan IVA y otras que no.
Me quedan tripas por sacar… pero supongo que me las tendré que volver a meter dentro y coserme rápido para poder llegar a tiempo para comer en casa. No como ayer, que acabé almorzando un bocadillo de salami comprado al vuelo en un supermercado al lado del banco porque no paré durante toda la mañana y tengo que aprovechar las horas entre clases para seguir haciendo los malabares que hacen que no se caiga todo abajo.
Supongo que otro día, si da lugar, hablaré de que este puede ser el primer año después de más de una década en que no dé clases como profesor en el Aula de la Experiencia. O de que la semana que viene estaré impartiendo unos talleres de técnicas de estudio en el instituto en el que yo estudié. O de que voy muy retrasado con los dos proyectos editoriales que tengo la intención de publicar este año. O de lo bien que está yendo el taller de sintaxis que empezó hace tres miércoles y lo chula que me quedó la ficha teórica del complemento predicativo que me curré ayer.
Hoy pensé que iba poder con todo, pero me voy a llenarme las tripas, que no todo va a ser sacárselas.
Lo mejor, es que he escrito casi todo el texto de hoy sin ponerle título hasta hace tres párrafos. Y al final he caído en que la expresión que mejor describe lo que siento, en toda la fuerza de su polisemia, es que estoy todo vendido.
Hasta el jueves que viene.




