Servir para vivir.
# 13 Las cosas que más valen no sirven para nada.
El fin de semana, una persona que me aprecia, me cuestionaba por qué dedico tanto esfuerzo a escribir textos tan cuidados, profundos y bien hilvanados cuando, por lo que se me puede leer, apenas llego con la lengua fuera a la mitad de las cosas que yo mismo me exijo alcanzar.
Me lo decía desde el cariño y por mutualizar la preocupación compartida de evitar perdernos por esos oscuros lugares a los que nos puede encaminar nuestra vocación cuando la ponemos por encima del cuidado que nos debemos a nosotros mismos.
Probablemente tenga razón. Pero le contestaba que la verdad es que escribir estos textos era algo que quería hacer desde hacía mucho tiempo. Que si no llega a ser por el empujón de José P. Fierro este verano pasado, no empiezo de una vez.
Quiero ser una persona que escribe. Escribir me ayuda a ser más feliz.
Y, más ahora, que sé que Fierro espera estos textos para desayunar los jueves, como explicaba en su última carta: Los milagros de una semana terrible.
Ninguna huella permanecerá.
A veces, fantaseo con la idea de alcanzar la fama y que mis ideas tengan influencia en muchas personas. Es lo que tiene pasarse la mayor parte del día enredado en tus propias ideas. Viviendo como si fueras un filósofo.
«¿Filo-qué? ¿Eso que es? […] ¡Hay gente pa’ to’!»
—Rafael, el Gallo
Pero luego recuerdo lo que sé. Que por mucho que dure, ninguna huella permanecerá. Recojo mi vanidad junto a las migajas de la tostada del desayuno, las tiro a la basura y me pongo a fregar los platos.
Esta semana tuvimos una clase interesante y difícil en la Escuela de Educación Emocional. De las que rompen los planes que se tengan previstos pero hacen pensar más de lo que nos esperábamos. Por lo menos a mí.
Nada más empezar, me hicieron referencia al texto que había escrito en El taller de Pigmalión sobre que Estudiar no es un trabajo. Quien me lo dijo se preocupó porque ella, como abuela, se lo había dicho a su nieto. Le comenté que eso es algo que casi todos le hemos dicho en algún momento a cualquier estudiante, o a nosotros mismos cuando estudiábamos. Pero que lo que yo quería era marcar la diferencia entre el trabajo, que se hace por necesidad, y el estudio, que se hace para aprender, porque (y, entonces, José se metió en el charco) aprender no tiene que servir para nada.
Este es el mismo José que el 8 de septiembre se esforzaba para dar dos buenas respuestas a esta misma pregunta: ¿para qué sirve estudiar? Pues ahí estaba yo intentando explicar porqué, en el fondo, estudiar no debe responder a ninguna necesidad.
Mi mejor argumento: estudiar es una apuesta a ciegas para llegar mejor preparados a un futuro en el que no sabemos lo que nos va a servir y lo que no. Estudiamos para aprender ahora, pero que ese aprendizaje sea útil en el futuro es una racionalización a posteriori.
Este debate en la Escuela de Educación Emocional venía impulsado por el que acababa de tener en una clase de 2º de ESO.
Estas semanas voy a estar impartiendo unos talleres de técnicas de estudio en un instituto. El martes alguien esgrimió la pregunta más temida: ¿Y estudiar para qué sirve?
Para nada.
Para todo.
¿Para qué sirve vivir?
Me gustó mucho la conclusión a la que llegué el martes, después de tanto debate sobre la utilidad de las cosas. Y tenía un montón de ganas de compartirla aquí porque llegué a ella completamente solo, en el camino de vuelta en el coche.
Las cosas que más valen no sirven para nada.
Soy un vitalista y creo que la vida es lo más valioso que tengo. Más que mi libertad y mi conocimiento. Más que mi felicidad y todo el amor que pueda sentir.
¿Y para qué sirve la vida?
Una vida digna no debería estar al servicio de ninguna otra cosa. Y en la lucha de dotar a toda vida humana de la dignidad que merece (no porque la merezca de por sí, sino porque nos hemos empeñado arbitrariamente en que la merezca) andamos los humanistas desde hace unos (pocos) siglos.
Si creemos que aprender es valioso de por sí, estudiar no debería servir para nada.
Vivimos en una época en que nos definen nuestra profesión o nuestros títulos, en que el análisis del valor económico (que tan buenas verdades ofrece cuando se usa bien) prevalece sobre nuestra forma de comprender la realidad y de comprendernos a nosotros mismos en ella, como si nuestro balance patrimonial fuera la única forma posible de estimar nuestro valor, como si lo único que importase fuera contribuir al crecimiento del producto interior bruto del reino.
Tampoco hay que engañarse por contraste. Es verdad que servir a los demás hace que nuestra vida sea mejor. Que se nos aprecie y seamos bien valorados por otros es uno de los factores que determinan la vertiente social de nuestra identidad. Nadie termina de ser del todo alguien hasta que no es algo para otro; aunque ese otro nos vea como lo que le sirve y su intención sea usarnos para su conveniencia o abusar de nosotros a nuestra costa.
Servir a los demás, ser un objeto útil, es una buena estrategia de supervivencia.
Sin perder de vista que creernos imprescindibles es una atajo a una inevitable frustración. Todos sobramos porque la vida, que nos usa para su propio fin de no finar, se sirve de la redundancia como principio biológico elemental.
Pero una vida digna es valiosa en toda su inutilidad.
El arte de vivir.
También pensaba este pasado martes que cualquiera no sirve para vivir.
Hay que tener arte para darse una buena vida.
Hay que servir para vivir.
Probablemente, para eso escribo. En eso ando. Buscando la buena vida desde que la descubrí de joven en aquel ensayo de Sabater en el que le explicaba la ética a su hijo Amador.
Llevo semanas estirando mi fortaleza y mi resistencia como un chicle. Y no me rompo. Me uso y me abuso. Y me aprovecho de lo que me queda de juventud mientras pueda. Pero, al mismo tiempo, recuerdo que los humanos somos antrifrágiles y que de este daño consentido, y con todo el sentido del mundo, surgirá una mayor fortaleza.
En Japón lo llaman ikigai. Y a los hispanohablantes nos atrae lo exótico del concepto porque, en español, lo de misión nos suena a una aventura de monje-flautas con una excepcional banda sonora de Enio Morricone.
Lo podríamos llamar oficio, como ha hecho Alicia Ortiz Ortiz en la potente reflexión que compartía este pasado domingo: El oficio de hacer despacio.
O artesanía vital, como hago en esta lira con una licencia métrica que no tiene perdón.
Artesanía vital,
morir enamorado del destino.
Un ciclo atemporal
que convierte el camino
en el santuario del peregrino.
— Lira 155
¿Hacemos una apuesta?
Si el jueves que viene sigo vivo, escribo.
A lo mejor, hasta aprendo algo.




