Dolor y gratitud.
# 17 ¿Sabemos abrirnos al dolor ajeno con el respeto que se merece?
La clase de esta semana en la Escuela de Educación Emocional ha sido una de esas clases especiales que nos marcan para toda la vida.
Como recordó una de las compañeras hacia el final, una de nuestras primeras reglas es que lo que pasa en la clase se queda en la clase. De esta forma, ayudamos a crear el ambiente de respeto y confianza mínimo para que cuando una persona lo necesita pueda aprovechar el espacio que se ofrece para expresar sus propios problemas y preocupaciones.
Lo que sucedió este martes no nos lo esperábamos nadie. Ni siquiera la persona que intervino. Hoy no vengo a escribir sobre lo que pasó, sino sobre lo que aprendí.
La empatía nos hace huir del dolor.
Suele plantearse que la empatía es algo bueno de por sí. Pero no.
El hecho de que la psicopatía se haya mantenido como un rasgo acentuado en un porcentaje mínimo de la población y presente en mayor o menor grado en una proporción más amplia, es una señal inequívoca de que, cuando el contexto lo requiere, la falta de empatía es una ventaja que contribuye a nuestra supervivencia como individuos y, por ende, como especie.
¿De qué sirve ser completamente consciente y altamente sensible al dolor ajeno cuando no puedes hacer nada por remediarlo o aliviarlo?
Cuando somos testigos de un sufrimiento que está más allá de nuestra influencia para mitigarlo, nuestra empatía nos ayuda a sufrir. Permanecer presentes con consciencia plena implica la elección de sufrir voluntariamente. Si esa elección es coherente con nuestros valores, podemos asumir el desafío aunque haya momentos en que nuestra fuerza y nuestra voluntad flaqueen. Si no sabemos lo que queremos, nos veremos empujados a escapar de esa situación o sufriremos más aún con el conflicto interno de no estar seguros de porqué seguimos ahí.
Hay muchos «ahí». Una pareja, una amistad, una familia…
Algunas personas necesitan convencerse de que no tienen la obligación de acompañar y sostener a otra persona en su dolor para salir de una relación que etiquetan como «tóxica» porque «no les aporta nada». Y, probablemente, sea lo mejor que pueden hacer.
Sólo así puedo explicarme lo que comprendí este martes. El dolor es una puerta de entrada a la soledad, porque ¿quién va a querer compartirlo con nosotros?
Vivir de espaldas al dolor.
Ya hemos debatido muchas veces en nuestras clases sobre cómo nuestra sociedad ha reducido la presencia de la muerte en nuestra vida para hacer como si no existiera. No es sólo el acortamiento o la desaparición del luto, sino la forma en que nos separamos de la muerte de manera más directa a través de instituciones como la sanidad. Cada vez es más extraño morir acompañado. Cada vez seguimos menos ritos para recordar a nuestros muertos.
Sin embargo, con el dolor sucede lo mismo en vida. Se ve al dolor como un enemigo al que combatir y eliminar. Y si una persona sufre un dolor imposible de vencer, va viendo como, poco a poco, se va quedando sola. ¿Quién va a querer pasar el rato con alguien que sufre? Si se sale es para pasarlo bien, ¿no?
Hacemos tantos esfuerzos por eliminar el dolor de nuestras vidas, echando mano de todo tipo de drogas y entretenimientos, (y sin demasiado éxito, dicho sea de paso) que no concebimos que dedicar nuestro tiempo a acompañar el dolor ajeno sin hacer otra cosa que percibirlo con toda nuestra atención y consciencia pueda tener valor alguno.
Nuestra reacción más automática al dolor es ponerle remedio, como sea, aunque sea un parche sin más eficacia que la de esconder a nuestros ojos lo que no ha dejado de doler a la persona que se lo hemos puesto.
No sabemos aceptar nuestra propia impotencia para aliviar el dolor ajeno. Y preferimos quitarnos de en medio. Y tanto el dolor como la persona que lo sufre se quedan solos.
«Gracias por compartir tu dolor.»
¿Y si la mayoría de nosotros estuviéramos equivocados? Lo más probable.
Este martes comprendí que la mejor respuesta a alguien que comparte su dolor con nosotros es darle las gracias. Sobre todo, cuando es un dolor que está mucho más allá de nuestra capacidad de aliviarlo. Sobre todo, cuando compartir el dolor sólo hace que duela más. Sobre todo, cuando sabemos que es un dolor gratuito, innecesario, inmerecido y, por encima de todo, inevitable.
Gracias por darme una dolorosa bofetada de realidad para espabilar y ser más consciente de la verdadera magnitud de mis problemas y preocupaciones.
Gracias por ampliar mi perspectiva del mundo para que pueda ser capaz de imaginar formas de vivir que por su propia dinámica se aíslan socialmente y, queriendo o sin querer, se acaban volviendo invisibles.
Gracias por elegirme para ser testigo de tu propia vulnerabilidad, que en el fondo es mi misma vulnerabilidad, porque «soy humano y nada humano me es extraño».
Yo haré lo posible por ofrecerte lo mejor que pueda mi atención y mi respeto.
Probablemente, sea lo único que puedo ofrecerte.
Y tu dolor seguirá doliendo.
Pero no estarás solo.




